TRES HAIKUS

Adela Inés González

SOBRE LAS COSAS QUE NUNCA SE DESCOMPONEN

Adolfo Vergara Trujillo

LA ETERNIDAD EN CUARENTENA, EL TIEMPO DEL OLVIDO

Axel Ubaldo Reyes

ÚLTIMAMENTE HAY DE TODO...

Beatriz Hernández Torres

REGRESAR

Clauzzia Gómez

LA CASA NUNCA ESTÁ VACÍA

Daniela Merino

EL AÑO QUE NO TUVIMOS ROSTRO

Ehekatl Hernández

INOCENCIA CONFINADA

Evelyn Corte Espinosa (Eve Corte)

ANTROPO-MÓRFICAMENTE

D. Germán López Moreno

FE

Gisela Martínez Osorio

MI UNIVERSO HOY

Iris Bringas

HAY UN ASESINO EN EL CAMINO

Irving Cabrera Torres

LOS OTROS VIRUS

Johanna Pérez Daza

VERSOS SOBRE LA COVID- 19

Josafat Norberto Cardoza

HORROR DE ENCIERRO La potencia del cuerpo, la impotencia de sí

Layla Cora

EL DÍA DE LA MARMOTA, VERSIÓN 2020 CORTESÍA DEL CORONAVIRUS

Lulú González U.

CUARENTENA HORROR SHOW

María Camila Trujillo Vargas

JARDÍN DE INVIERNO

María De La Paz Gutiérrez

UN DÍA (NINGUNO DE LOS DÍAS)

Mario Alberto Delgado Esquivel

ESTADO LATENTE

Milena Amaya

COVID-19: DE LA VOLUPTUOSIDAD TRAS LAS VENTANAS

Nelson González Leal

EL HILO ROJO

Raquel Acosta

UN SUEÑO QUE NO PODÍA DURAR PARA SIEMPRE

Tania Martínez Suárez

FRONTERISMOS

Thamara Citlalli Puente Guzmán

404 NOT FOUND

Vicente Gaibor del Pino

TRES HAIKUS

Adela Inés González

Sin palabras

me siento vulnerable

apenas respiro.

 

Cuantos prejuicios

enfrento las miradas

me siento expuesta.

 

Tengo fortaleza

con mi cuerpo desnudo

no me subestimes.

SOBRE LAS COSAS QUE NUNCA SE DESCOMPONEN

Adolfo Vergara Trujillo

Son ya nueve o diez meses de confinamiento y, por fin, me decido a realizar la limpieza profunda de mi estudio: abro puertas y ventanas; sacudo el polvo de los libreros, de los discos; limpio los cristales impregnados de nicotina.

Comienzo a juntar papeles viejos, hojas de doble uso, en una bolsa de basura.

Pedro, mi hijo de cinco años, entra al estudio y revisa mi labor.

—Se ve muy limpio… —dictamina.

Entonces mira los papeles que pretendo tirar a la basura y, entre todo aquello, toma en sus manitas un papel hecho bolita; lo desdobla y reconoce un dibujo de su autoría: no son más que unos rayones de crayón azul en papel revolución, ya muy sucio, que me obsequió un día, mucho antes de la pandemia, y que olvidé en alguna esquina de mi escritorio.

—¿Por qué lo tiras, papá? —me cuestiona, más sorprendido que indignado— Todavía sirve —afirma, convencido.

No tengo respuesta: una vergüenza distinta a todas las vergüenzas que he sentido en mi vida, más grande que todas ellas juntas, me desnuda, mientras Pedro extiende el papel con mucho cuidado e intenta desarrugarlo lo mejor que puede, antes de ofrecérmelo de nuevo.

Acepto de nuevo aquel papel revolución con rayones de crayón azul y apenas atino a colgarlo con una chinche en la pared de mi pinche estudio limpio.

Luego de un minuto entero, me atrevo a mirar a mi hijo de nuevo.

—Tienes razón: todavía sirve.

LA ETERNIDAD EN CUARENTENA, EL TIEMPO DEL OLVIDO

Axel Ubaldo Reyes

Nunca imaginé a los azares de la vida académica llevándome a reparar en uno de los acontecimientos más inquietantes para la humanidad, solo porque no lo había considerado. Incluso meses antes de la parálisis global, había llegado de forma inconsciente a un estado de indiferencia extrema, al “no me interesa el mundo, ni mi persona”, contrariando a los fundamentos de mi propia formación académica. Continuaba en interminable sosiego. Un “matadito” me llamaron los allegados a mí en ese entonces, haciendo alusión a la ironía causada por el mote y mi rechazo hacia la visión hedonista ejercida en el planeta previo a la pandemia.

Aun en aislamiento, mi perspectiva no ha sufrido un gran cambio. Lo único rescatable es mi conciencia sobre tal ironía y mi posterior desgaste al darme cuenta del cinismo que profesaba. Lo cual me ha recordado el postulado filosófico de Slavoj Zizek: “Ellos saben muy bien lo que hacen, pero aun así, lo hacen.”, una sagaz reinterpretación del aforismo marxista, referente directo de las dinámicas sociales del mundo contemporáneo. En la actualidad se es consciente de nuestro malestar y de cualquier forma seguimos esmerados en sumergirnos de lleno en el, incluso a veces por voluntad propia, esperando llegar a un punto de ruptura, con el fin de hacernos con algo de esperanza.

Creí que tantos años de literatura y cine distópico habrían funcionado como una señal de tránsito a medio camino, una que en letras gigantes advertía: Este no es el camino ¡Regresa! Desde luego, no fue así. La distopía siendo uno de los géneros imperantes en la industria cultural, ha reconfigurado la forma en que percibimos el porvenir, la angustia causa de estas narrativas ha desaparecido y en cambio miramos al desenlace con una resignación optimista, anhelado por un frívolo papel protagónico en nuestros adentros.

He decidido releer Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Y sí, veo la ironía al leer pacíficamente una historia de una realidad tan cercana a la nuestra con cierto asombro, “Cuando menos los libros no son incinerados, aún” me dije a mi mismo con cierta gracia. Pues nadie a quien su mundo le parezca ajeno, esta absuelto de mirarlo con los ojos otorgados por este.

En las primeras semanas de despojo social, amigos y familiares abrieron sus mentes a una cercanía a distancia. Logré entablar conexiones a través de una pantalla y una red de internautas hastiados por el encierro. Tal fue el caso de mis amistades cercanas, las cuales no tardaron en contactarse unas a otras para fijar un encuentro en algún lugar del basto cosmos digital, logrando así evadir el distanciamiento físico. Lo suficiente hasta verse orillados a encontrarse en algún rincón de la decadente colonia donde residimos. A su pensar, nada malo habría de pasar al vivir tan cerca unos de otros. Si lo pienso bien, tal vez ahí resida parte de mi calma, en la sensación de permanecer confinado en un lugar tan familiar. 

Hasta la fecha parece olvidarse la noción de otredad, sobreponiendo al yo como principal antagonista del mundo. Un individualismo incesante clama su estreno en redes sociales, acompañado de millones de Histriones aferrados a ser los bienquistos durante la crisis. El surrealismo inaudito de los actos surgidos en pandemia dio la razón a Byung-Chul Han “El virus no vencerá al capitalismo…”, este evento solo lo ha acrecentado y el tedio hacia esta verborrea motivacional exclamada entre mis congéneres – igualmente privilegiados – por igual.

Me aislé poco a poco, de todo a mi alrededor y de todo contacto con otros. Tal vez no me haya llevado a nada, pero la indiferencia trae consigo cierto anonimato, y con ello, una valiosa oportunidad para la inmersión al ser; el descubrir la influencia de otros sobre ti y el cuestionar la veracidad de lo asumido como propio, al mismo tiempo en que la soledad desvela las representaciones más turbias de la personalidad.

La paz de mi anonimato duró muy poco, semanas después la universidad puso en marcha un programa de enseñanza remota. Un programa apenas planeado con la intención de revertir el desastre de la huelga de hace un año y de la actual crisis sanitaria. En el proceso de auto enseñanza le vi sentido al mote, asimismo comencé a olvidar cosas y a enfadarme por ello. Me tranquilizaba y volvía a un espiral de estrés durante el resto de la semana, hasta sentir aquella motivación que me impulsara a compartir lo aprendido, resultando en un ejercicio de retroalimentación y complejización del conocimiento. Desgraciadamente, el problema siempre es el mismo; la falta de un acompañante interesado. He intentado ver el lado positivo a todo esto, ¡Y lo hay! Tan solo no soy capaz de asimilarlo.

En este momento mi vida se asemeja a un facsímil de Happy old year, enfrascada en una eterna dualidad entre su melancolía y su euforia. Mirando cada rincón de las cuatro paredes que acompañan mi aislamiento, renuncio a gran parte de un pasado incierto, mientras retengo lo poco que aun reconozco de mi presente. No consideré la fragilidad de los vínculos humanos hasta el momento, sin embargo no he despojado de ellos su transcendencia biográfica. Más que nunca son necesarios, más que nunca atesoramos algún recuerdo de nuestra existencia junto a otros, esperando desecharlo para volver a atesorar algo nuevo.

El cine y su catártica esencia alivian los días de insomnio. Aquellos donde tu mirada agotada se dirige hacia el techo durante horas, mientras las manecillas del reloj marcan un incesante: ¿Y ahora qué? Recordando vivencias absurdas junto a personas extrañas, experiencias sin moraleja donde compartir sentimientos efímeros hacen el sentir de la vida una realidad, desterrando por un solo instante, al soñar. Pienso en “el esplendor de lo absurdo” a modo de lectura principal en Frantz de François Ozon; de una sonrisa en lejanía, de un “Buenas tardes” en la esquina y de un adiós moribundo. De esos instantes encerrados en grandes momentos, sin posibilidad de brillar por sí solos. El panorama me ha recalcado la importancia de la banalidad, frente a la fragilidad de la moral. Si el mundo es frágil, no importa gozar de sentimientos fugaces.

Finalmente logré disfrutar de Perfect Sense. Sin importar las coincidencias, sigo hallando en cada encuadre y secuencia, el increíble goce de algo nuevo. En los detalles que redefinen los conceptos más complejos; la soledad a través de la nostálgica frenética de David Mackenzie, la misma que me acerca a nuevas e inquietantes conclusiones. La pertinencia de esta obra en la actualidad es primordial, en especial su oda final al inevitable reencuentro con los otros.

Debo recalcar el tiempo dedicado a estas breves páginas. Por increíble que parezca; cada párrafo previo a este corresponde a uno de los meses posteriores al inicio de la pandemia en marzo de 2020, si bien me es difícil recordar con precisión a cuáles pertenecen. En el trayecto he ido dejando fragmentos de mi pensar sobre el arduo camino por recorrer. Dado el considerable agravio en mi consciencia, me veo obligado a encadenar los trozos de mi personalidad fragmentada con la ayuda de aforismos incompletos, escritos en instantes de vaguedad mental, como una suerte de cohesión propia, necesaria para evitar el inminente resquebrajamiento de mi ser.

Hasta donde soy capaz de recordar, nunca he sido bueno forjando fuertes lazos con el resto de las personas. Las pocas amistades a lo largo de mi historia se remontan a mis horribles años de secundaria, basadas en el tiempo mismo y por consecuente se han vuelto frágiles ante la cuarentena. El entorno considerado tan familiar en un principio se ha desmoronado en su totalidad. Ahora me es un ambiente extraño e indiferente, a falta de un elemento trascendental ligado a ambas partes, uno más allá del tiempo de existencia.

Sin ninguna alternativa, me di a la tarea de revalorizar y analizar – en la medida de lo posible – las problemáticas actuales del planeta, en comparación con las de una persona como yo; cuyas circunstancias proveen de ciertas comodidades durante el confinamiento, pero dañan sistemáticamente mi salud mental y la de los que me rodean. A partir de esto la disyuntiva entre mi entorno y mi individualidad, parece ser inextinguible. No soy capaz de conectar con aquellos aspectos fundamentales de la época contemporánea, que priorizan de forma incomprensible por mí, la subjetividad de lo sujetos de una manera romantizada en muchas ocasiones. Aun en estos momentos, considero mi sentir una banalidad frente a escenarios críticos, persistentes en la realidad y percibidos por millones de personas, tales como: el hambre, la violencia, la desigualdad y la marginación, por mencionar algunos.

No obstante, al aferrarme a esta idea contribuiría a propagar la dinámica meritocrática impartida por los cursos terapéuticos de coaching, al relegar a la nimiedad la compleja situación emocional de una gran mayoría de los habitantes del planeta, ante mi falta de empatía, derivada de mi desconexión interna. De ahí mis intentos por enfocarme en repensar dichos fenómenos, basándome en los conocimientos adquiridos de las clases en línea. La universidad me ha ofrecido una vía de escape de este reencuentro conmigo mismo. ¡Claro! No podía haber sido así de sencillo, considerando el severo problema del que pretendo alejarme me encontré con una desconexión igual de agraviante; la carencia de motivación por continuar mis estudios.

Volví a mirar a mi alrededor, a mis relaciones humanas restantes. En mis allegados pude apreciar la permanencia de una conexión previa con aquello a lo que han decidido dedicarse una buena parte de su vida. En mi caso, ni siquiera pude darme el lujo de preguntarme si aquel vínculo con mi decisión de vida era lo suficientemente fuerte como para preservarlo hasta el final. Al contrario, la verdadera pregunta giraba en torno a un desconcierto. No existía tal unión, me convencí de que mi interés por comprender el entorno social donde yo y muchos más nos desarrollamos, habría de suplantarla, pero era demasiado frágil para tomar ese lugar sin apenas haberlo complejizado.

A raíz de ello libré interminables travesías, cuyo fin no recaía en el descubrir cualquier atadura con mi contexto inmediato, sino en el formular la pregunta adecuada que suscitaría un intento de proceso dialéctico que cuestionase a mis concepciones de vida. Desde mi infancia, hasta mi adolescencia; profesores, familiares e incluso personas indescriptibles por mi desinteresado yo de 16 años, repetían en los clásicos sermones las típicas frases: “Cuando trabajes, entenderás.”, “Trabaja primero y vive después.”, de tal modo que sus predicadores evadiesen la condena actual de su alrededor, causada por la influencia de los ideales de tiempo y progreso, efectos del retorno a los fundamentos básicos del liberalismo económico extrapolados e interiorizados en nuestro entorno social y que restringen – junto a sus innumerables resultados –  de manera constante, la libertad de labrar un camino repleto de curvas y pendientes, con etapas que no conlleven a la utilidad. Donde una ilusión de competencia, no dispensa el atrasamiento ni la indecisión de estos, sobre la injusta valorización de sus vidas.

Sin embargo su contraparte no difiere mucho en su origen desbordado e inclusive algo hedonista. La idea de una corta vida, que por consecuencia debe disfrutarse sin límites, conduce a la misma condena. Siendo así; ¿Por qué habría de actuar bajo estos ideales, puesto que parecen nutrir algún deseo innato de acelerar nuestro final? A decir verdad ¿Por qué habríamos de perpetuar la ilusión de efimeridad, si nuestras vidas – hoy en día – pueden ser lo suficientemente longevas como para hacer de ellas un viaje sublime? El deterioro del cuerpo es inevitable, eso es claro. Dependerá de un sinfín de factores y circunstancias externas al individuo que extenderán o limitarán su tiempo. Por desgracia la noción de los elementos parece pasar desapercibida ante el constante temor hacia la propia devastación, procedente del fracaso y la pérdida en el intento de reparar en ellas. 

No difiero con el derecho del ser humano de forjar su propio destino. Somos nosotros los últimos en definir las concepciones que habrán de encaminarnos. Yo he optado por redirigir mis esfuerzos a cuestionar de algún modo a aquellos preceptos de tiempo y progreso, pero la suficiencia de condiciones necesarias en las sociedades contemporáneas para validar este derecho a nivel universal, está muy lejos de ser logrado. Es justo aquí donde veo la necesidad de construir un vínculo con mi quehacer académico, en el deseo por atender las circunstancias que imposibilitan la opción de llevar una vida digna y libre.

Este texto tan disperso en toda su estructura, tan irónico en sus párrafos y cruel en sus idílicas contradicciones, deja en el recuerdo cierta angustia de no lograr solidarizar con todos lo que habremos de encontrarnos en situaciones similares, repletas de incertidumbre y malestar. Escribo con angustia, desconozco si habremos de llevar más allá al mundo, antes de ser arrastrados por el caos de este.

En ocasiones escribo inconscientemente como si de tiempos pasados se tratasen, mientras mi presente se desvanece impreso en cada palabra conjugada por el olvido. Me apego a esa esperanza irracional; en la que habremos encontrado el abandono de nuestro malestar y el verdadero valor de la convivencia humana, en cuanto sea posible la lectura del texto.

De cualquier forma, el tiempo se olvida y el encierro se vuelve eterno. No hay duda, las afecciones perdurarán más de lo que nos cuesta aceptar. Debo confiar en nuestro regreso al mundo y en el propiciar a este, de nuevas cercanías con el resto. En el surgimiento de nuevos valores que nos permitan interactuar en ámbitos trascendentales, para llegar a un estado de comunidad, a un mundo menos distópico.

ÚLTIMAMENTE HAY DE TODO...

Beatriz Hernández Torres

Hay días para escribir,

para leer,

para hacer ejercicio,

para hacer fiestas por zoom.

Hay muchos días de tv.

También hay días de llanto,

de irá,

de desespero,

de angustia,

de preocupación,

de dolor.

Hay días de enojo,

días de calma disfrazada de paz.

Hay días para rezar.

Para soñar que esto es un sueño.

Hay días para hablar con la familia,

para decir te quiero y mirar que aquí seguimos.

Hay días para revivir pedazos de mi historia

evocar los días anteriores,

los que no parecían todos iguales.

El tiempo anterior almacenado en cosas.

Hay días en los que no me levanto,

días en que me conformo,

otros días enfurezco y quiero quemarlo todo.

Luego, días para llorar.

Hay días que me caigo de la cama

y ahí me quedo,

con la mejilla sobre el suelo frio.

También hay días en que me levanto y sonrió.

Hay días que me propongo hacer cosas,

pero no tengo ganas

y me dan muchas ganas de llorar.

Hay días (muchos) para estar en pijama,

ya cualquier ropa parece pijama.

Hay días que se parecen a otros días.

Una repetición, pero no lo son.

Nada es lo mismo, ni los días.

Hay días eternos.

Domingo en viernes.

Lunes que parecen sábados.

Hay días para todo

casi como capturar el tiempo

y poder hacer lo que sea

pero no tener ganas de hacer nada.

Cada vez hay más días para llorar,

hay días en que una muerte te destroza.

A pesar de todo, hay días para agradecer que estoy viva

pero no son todos.

Porque hay días para todo

menos para sentirnos felices.

Por ejemplo, hay días en los que solo estoy,

y no llamaré felicidad a las peripecias que hago por sobrevivir.

Ni al hecho de estar aquí.

Por qué el solo estar no es ganancia, ni ventaja.

Y aunque hay días para todo

mientras estemos lejos (en algunos casos para siempre)

no puedo estar feliz.

REGRESAR

Clauzzia Gómez

Es extraño

regresar a la casa donde escarbaste por debajo de los pisos para poder salir

caminar por banquetas rotas deterioradas por el tiempo

cuarteadas por las raíces largas de los árboles viejos

crecí en calles de arena que se convertían en lodo al llover

acarreado agua y cargando leña

cuando llovía en demasía

mi casa parecía convertirse en un canal de aguas negras.

Somos los mismos de siempre

más viejos, más tristes, más solos

otros se han ido para siempre

la pandemia no nos permitió decir a adiós

sin dinero para pintar paredes

para pagar las luces

abandonados en las sombras

donde me da mucho frío

esas sombras se vuelven compañía de mi angustia

de mis vellos que crecen

de mis cabellos que caen

de los grises de mis días al pasar el tiempo.

LA CASA NUNCA ESTÁ VACÍA

Daniela Merino

No es fácil sobrevivir a una cuarentena de casi un año, pero tampoco es imposible.  Por suerte el confinamiento ha ayudado a despertar mi creatividad.  Durante este tiempo he fotografiado a los dos seres que más amo, quienes llenan y alegran los días de mi vida.  Por un lado está Javier, mi compañero.  Por otro lado está nuestro perrito, Pelucón.  La fotografía me ha permitido investigar su cotidianidad, sus dinámicas de convivencia, sus rituales inadvertidos.  En este sentido, el confinamiento se ha convertido en un verdadero regalo de la vida, ha sido la manera de profundizar en su ser y de descubrir lo que siempre está ahí, pero que se cubre con el frenesí de la vida de ciudad y con el estrés del trabajo diario.

Javier vive sus días con cierto pesimismo, convencido de que esta crisis mundial no nos cambiará, es más, nos volverá cada vez menos empáticos y menos altruistas.  Para él, la raza humana no tiene remedio.  Sin embargo, por otro lado, su amor por la naturaleza y su sensibilidad con los animales, lo anclan a la vida y tiene esa capacidad de encontrar la belleza en lo más sencillo, que a su vez, es lo más sublime.  Javier se dedica a cuidar las plantas en nuestra pequeña terraza.  Este espacio nos ha sostenido en este tiempo, aquí disfrutamos del sol y apreciamos a los animalitos que nos visitan en el día y en la noche.   

Nuestro perro, en cambio, siempre está contento, quizá ahora más que antes, ya que la casa nunca está vacía.  Difícilmente se despega de nuestro lado, convirtiéndose en una presencia cálida y tierna.  A cada minuto del día nos refleja un amor que parece venir de otro lugar, un lugar desconocido para la especie humana. 

Las cosas se han flexibilizado un poco en Quito, nuestra ciudad, pero los casos de coronavirus siguen en aumento.  Nosotros seguimos manteniendo una cuarentena bastante estricta desde hace casi un año, conviviendo juntos las 24 horas del día.  Nos inventamos cosas, recordamos a nuestros padres y nos reímos de las travesuras que hacíamos de niños.  Es decir, la nostalgia también ha sido nuestra invitada.  El confinamiento ha implicado adaptación e integración de las emociones más bellas y las más difíciles, pero sobretodo, es una gran experiencia para practicar la gratitud y el amor hacia la vida.

EL AÑO QUE NO TUVIMOS ROSTRO

Ehekatl Hernández

Podríamos decir que pasamos a un estado gaseoso de la sociedad, en donde, cómo moléculas de agua en ese expandible estado, transitamos en una red distanciada permeable a cierta interacción.

Y es que durante este año (y ya en nuestra octava cuarentena) como un instante difuso que a la vez no deja prolongarse, solo nos reconocimos a través de nuestro círculo más cercano, de los “sin mascarilla”, y quizá con suerte algo se deconstruyó en ellos a fuerza de tener tan presente el limitado patrón con los que interactuamos sin ese objeto imprescindible.

Mientras que afuera, sólo vimos pares de ojos fugitivos y desconfiados, poco a poco nos fuimos quedando sin las señales y signos que comúnmente nos ofrece el rostro de todo aquel desconocido, lo que nos permitía tener la elección de establecer confianza, hacer un pacto silencioso, o por el contrario plantar nuestros limites, nuestra desaprobación o repudio.

La visualización, objetivación y exteriorización del propio rostro y el de los demás resulta claramente positiva para impulsar la conciencia del yo. Por tanto, la homogeneización y tipificación del rostro o de lo que representa, en ese caso el uso de la mascarilla, se prestó a la despersonalización del individuo, dando paso al hombre-masa, una mancha vacía, anónima y enferma. O borrada, desprovista de singularidad, nos conformamos en interactuar con la neutralidad, la repetición, sin complicidades, sin vínculos, sólo maniquíes que van y vienen.

Optamos, entonces, voluntaria o involuntariamente a construirnos a nosotros mismos desde el interior y desconfiar en todo momento del otro. La paradoja aquí fue el dilema (exagerado y ambiguo, en algunos casos) que actuó entre la salud mental colectiva y el libre albedrío, y por otro lado, la prevención sanitaria.

Por una parte, es sabido que la singularidad del rostro llama a la singularidad del hombre en cuanto persona. Un claro ejemplo de lo que Jacques Aumont denominaba la “derrota del rostro” que transforma la cualidad en cantidad, el rostro en número, en estereotipo; en definitiva: en mascarilla. Mientras que por otra parte la OMS, las autoridades mundiales y expertos exhortan el uso de la mascarilla como parte de una estrategia integral de medidas para suprimir la transmisión y salvar vidas, ya que es de todos sabido que en regiones donde su uso se ha extendido, el riesgo de contagio y muerte también se redujo sensiblemente.

Y ante esta realidad no queda mucho que argumentar, ya que los mismos expertos afirman que incluso con el redentor desarrollo y uso de la vacuna, el uso de la mascarilla tendrá que seguir siendo un hábito cotidiano, con el riesgo de continuar perdiendo ese reducto de humanidad hacia el otro por una indiferencia desoladora.

Sin muchas opciones, entonces sólo nos queda dejar de nadar contracorriente en este mar de resignación para dejarnos llevar por las circunstancias, por el azar de esta macabra ruleta a la que nos ha obligado a jugar el virus. Y como aquellos maratonistas que han corrido ya un largo camino, tan lejos de la salida que no tiene ya sentido pensar en un regreso, sólo queda seguir o desfallecer.

Y aunque aún es difícil ver un puerto de salida de esta pandemia y sus secuelas, algunos empiezan a comprender las redefiniciones de la vida a partir de la individualidad y lo colectivo, por que sin duda nada será igual, y quien este esperando regresar, simplemente pierde su tiempo y corre el riesgo de quedar en el mutismo a la mitad del túnel.

INOCENCIA CONFINADA

Evelyn Corte Espinosa (Eve Corte)

Seguiré soñando despierto, esperando dormido, escuchando silencios y viviendo en un encierro.

Mis pasos se detienen al llegar a mi puerta… no más parques, no más escuelas, no más amigos, no más abrazos y no más juegos fuera de casa.

mi cama se ha vuelto el refugio más divertido, mi patio un campo lleno de árboles imaginarios, mi sala un cine improvisado, las paredes mis obras de arte y mi cuerpo el testigo del paso del tiempo.

Me siento, me acuesto, me levanto, brinco, bailo, juego, imagino, sueño, pienso , grito, lloro y mi inocencia se sigue preguntando ¿Cuándo?.

¿Cuándo volverá a ser como antes?, ¿Cuándo volveré a ser libre?, sin miedo, sin culpa, sin virus…

ANTROPOMÓRFICAMENTE

D. Germán López Moreno

El tiempo pasa y corre sin esperar a nadie, no existe por nadie y no le debe cuentas a nadie, se va arrogante sin importarle quien se lleva a su paso; siempre impaciente de llegar a quién sabe dónde, sin tomarse un respiro, sin titubear ni un solo segundo, solo conoce una dirección y jamás mira hacia atrás, nunca vuelve ni volverá. Sentimos su arrastre en el rostro, en las manos, en el cabello, inclusive en las entrañas. Aunque jamás nos preguntó si queríamos ir hacia su destino, simplemente nos tomó y con un ceño condescendiente nos llevó en su espalda, o en su mano, quizá en su hombro… tal vez ése es el problema, queremos antropomorfizar todo, nuestra pequeña inteligencia no da más allá de nosotros mismos, somos el ser más arrogante conocido y no es de extrañarse, queremos vernos reflejados en todo, en los dioses, en los héroes, en las luchas, cualquier cosa que no encaje en nuestra concepción antropomórfica decidimos rechazarla, negarla. Es inevitable llegar al punto donde las palabras nos llevan y acompañan al argumento; es más fácil negar que afrontar la realidad.

Durante el paso de estos meses arrastrados por la fuerza omnipotente del tiempo la realidad no ha cambiado, al parecer para nadie, argumentan que las personas mueren todos los días, mientras otras tantas siguen naciendo; otros siguen siendo el motor económico de la sociedad y no tuvieron la posibilidad de dejar de serlo, aunque su vida corría peligro con el solo hecho de pisar el asfalto fuera del cobijo de sus hogares, teniendo que ponderar entre no tener dinero para poder comer o tener que morir en el intento. Cambiamos unos peligros por otros, porque allí fuera siempre ha sido toda una odisea, llegar a salvo sin un rasguño, aunque de vez en cuando se llega con el corazón roto y el ego arañado, casi nunca sobrepasa hacia lo físico. Sin lugar a duda hoy más que nunca el peligro ha aumentado pero el negarlo ayuda al ser a sobrellevar la existencia; quizá la realidad sea que verdaderamente existe un dios, pero preferimos negarlo para exonerarnos de cualquier culpa. Negar la existencia de este enemigo invisible a la vista, pero no a las entrañas, es más fácil que afrontarla, nos ayuda llevar la realidad hacia la comodidad. Así es más fácil poner un pie allá fuera, libre de culpa y de miedo, la negación hoy más que nunca había sido el arma con la cual nos defendemos de la realidad, una negación en forma de escudo, en forma de cubo, en forma de argumento hueco donde cabe perfectamente el ego y lo protege contra cualquier viento arrasador en forma de verdad.

Quizá la forma en afrontar la realidad no ha cambiado, pero es un hecho que no somos los mismos de antes y no de la manera que preferiríamos, ahora somos mares de sentimientos, montañas de impotencia, irreconocibles ante los ojos del ser amado; ante nosotros mismos, odiándonos secretamente, intentando que nuestro lenguaje físico no denote el hartazgo interno hacia nosotros mismos y del que duerme en la habitación de al lado. Se agobia al ser con las mismas palabras de todos los días: “Nueva normalidad”; como siempre negando la realidad obscura que yace en las calles, la muerte y la enfermedad, la pobreza y la desigualdad; preferimos normalizarlo que afrontarlo, negarlo que combatirlo. Sigue siendo normal que el pobre siga pobre y que el rico siga rico, que el que no tiene ni para cubrirse el rostro y defenderse ante el enemigo invisible siga desamparado, ignorado por todos, desde el privilegio le llamamos normal y todavía descaradamente nuevo; siempre la misma porquería disfrazada con otro nombre.

Nunca disfrutamos del regalo llamado presente que nos llega cada mañana, nunca gozamos el hoy, pareciera que estamos enamorados de lo que el futuro nos puede llegar a ofrecer, con promesas vanas y a veces carentes de sentido; otras tantas solo volteamos al pasado para añorarlo más que al presente, pareciera una relación poligámica entre nosotros y las diferentes caras del tiempo, una relación muy dañina al alma; no aprendemos.

Antes del desolador escenario que vivimos repetidamente cada día, ya se vivía con la añoranza del futuro, de un mejor futuro, siempre se habla de eso, de los mejores tiempos que nunca llegan, pero si estos llegasen o no, lo que importa es que jamás disfrutamos del presente, siempre latente ante nosotros, pero el humano ama vivir engatusado por lo que el futuro le promete. Repetimos ese ciclo ahora en el encierro, añorando lo que no tenemos y preferimos lo venidero. Cuando teníamos las calles preferíamos el hogar, sentados frente a cualquier pantalla, ahora, hartos de las pantallas preferimos las calles, no es más que el humano un niño mimado por sí mismo, narcisista en todo sentido, un niño que ama negarlo todo y afirmarlo todo, siempre contradictorio a la situación, contradictorio a sus propias convicciones y argumentos, contradictorio a lo que predica y hace, y sabemos que inclusive el tiempo no se salva de esas contradicciones.

Tal vez el tiempo no es esa figura antropomórfica que nos hemos inventado, tal vez no sea una magnitud, una unidad de medida, tal vez sea una cara mas de nosotros mismos, puesta a manera de medir qué tan lejos podemos llegar en nuestra propia realidad, en la del otro, en la ajena, en la inexistente y quizá hasta en la memoria de aquel destino incierto a donde el tiempo nos lleva en su hombro, o en su mano, o tal vez, solo tal vez, nosotros lo llevamos a él, en la muñeca, o en el bolsillo, tal vez en la frente, quizá en el pecho, justo allí donde el corazón no sabe quién lleva a quién.

FE

Gisela Martínez Osorio

ACTO I

latir

ser

fluir

amar

meditar

trabajar

escribir

menstruar

perder

crear

toser

comer

dormir

rubor

lamentar

despeinar

hablar

caminar

tocar

no-tocar

piel

crecer

gustar

lunar

sentir

oír

soñar

estar

pensar

callar

leer

acariciar

creer

recordar

dudar

ladrar

hacer

cantar

rezar

no-salir

no-abrazar

doler

beber

morir

mirar

hacer

escuchar

llorar

ronronear

llamar

olvidar

coger

sudar

rogar

despertar

peinar

improvisar

esperar

nacer

bailar

besar

vivir

MI UNIVERSO HOY

Iris Bringas

Orión extiende su mano, pero está prohibido tocar.

¿No hay brazo más largo que el lazo que nos une?

Maraña de la fría red que me envuelve en calor de aparatos.

Las sombras de los edificios erguidos sobre un lago,

millones de almas  acechadas por lo inasible.

El miedo cual satélite natural da vueltas en nuestro eje.

La humanidad asciende sin traje ni escafandra,

su luz destella como los astros, poluciona en silencio.

La fuerza de atracción un grillete.

Tu estancia el encierro.

¿Escuchas? Sirenas cantan.

Ahí va otra, recorrerá la calle y se irá

en la rompiente del solitario mar de llanto.

Esta vez no es una isla querido Viernes.

Estamos en casa hace ya meses, dos veces náufragos y en soledad,

abandonados  en el oscuro remanso de una cura desconocida.

Este es mi universo hoy.

HAY UN ASESINO EN EL CAMINO

Irving Cabrera Torres

“There’s a killer around the road” cantaba una voz que junto a la música y los sonidos de una tormenta me hipnotizaron cuando era un niño. Estaba mi tío Víctor pintando su micro con las letras de The Doors en el techo cuando volví a escuchar esa voz, no quería que terminara la canción fue un instante eterno, siempre pensé que también tú eras para siempre, nunca imaginé que ese último domingo de diciembre de 2020 a través de mi teléfono una voz me avisara de tu muerte, también la voz me hipnotizó y el instante volvió a ser eterno.

Ahora lloramos en soledad, sin abrazar a los que se quedan: a esos hijos tuyos que valientemente soportan tu ausencia, los muertos no leen y menos usan internet, entonces ¿para qué te escribo? No tengo puta idea, solo sé que nos heredaste un mundo extraño donde te esperamos encontrar cada instante.

Profundas ojeras, noches silenciosas de insomnio acompañan tu recuerdo y un despertar con nostalgia permanente en todos los que habitamos por ahora este insoportable vacío.

Mi papá te extraña, mi mamá también, mis hermanos y yo lo mismo, contigo parece haber muerto el brillo, las ganas, esa música hipnótica no suena igual. Tu camioneta se está ladeando, es una de esas señales cuando las llantas comienzan a desinflarse y las capas de polvo parecen su nueva piel.

¿A quién le importa que haya muerto uno más o que ya seas parte de las estadísticas?

Dijo mi amigo hace unos meses “carnal, en estos tiempos no puedes decir cosas lógicas porque la gente se asusta”.

Hoy es mi cumpleaños y da lo mismo si es 15 de diciembre o las 8:45 o verano o jueves por la noche, todo el día estuvo soleado, el miedo está en el cuerpo mi tío está en el hospital, ignoro si la muerte nos está acariciando.

En los primeros segundos del día mi hermano dice que hoy es mi cumpleaños, que “cumplo años en medio de una pandemia y es interesante que debería hacer una foto”, le contesto 8 horas después para decir que no tengo interés de hacer foto ni inspiración, estoy en la etapa más confusa de mi vida. Me describió la mirada perdida de las personas afuera de los hospitales colapsados con las que él habló, quizá la desesperanza en sus ojos o simplemente miradas que esperan encontrar a alguien, es difícil encontrar a alguien sabiendo que ese alguien no está por eso no lo encontramos, hoy estamos todos pero ¿dónde estamos realmente?

Llamó mi tía, con la voz entrecortada dice que hoy es mi cumpleaños que está “depre” y el día que nos volvamos a ver haremos quizá una fiesta o nos abrazaremos, ignoro si el día que nos volvamos a ver a la cara nos reconozcamos después de traer una mascarilla durante tantos meses, quizá nuestro rostro se pegó al cubrebocas y veamos a otras personas.

No sé si mis ojos estaban nostálgicos o lo que entró a través de ellos fue nostalgia, ayer vi la foto de esa persona que me quita el sueño, la misma que se me atora en la garganta, que más da, hoy tengo miedo porque mis presentimientos son cada vez más grandes, solo espero que mi tío salga del hospital, tengo mucho miedo.

“¿Cómo está tu tío?” Me pregunta una amiga, en sus mensajes envía una carita triste e inmediato me dice “hoy murió mi tío, murió en su casa”, el miedo otra vez se apodera de mi, con los dedos temblando le escribo un insípido mensaje acompañándola en su “dolor”.

Unos días después se esfumaba la vida de Víctor, mi tío, ese que con la música de The Doors pintaba su micro o amenizaba las noches en su habitación cuando vivía en casa de mi abuela, al mismo que le robé un casete con un homenaje grabado a Jim Morrison que Radio Universal le hizo un 3 de julio en su aniversario luctuoso, ese tío que de no haber sido por esas rolas jamás me hubiera interesado en saber qué demonios quería decir ese tal Morrison.

Murió en un hospital de Chimalhuacán un domingo soleado de diciembre; cinco días después en Ixtlahuaca también en el Estado de México y del mismo bicho (COVID-19), la madrugada del primero de enero de 2021 moría Joel, el esposo de mi prima, el corazón destrizado de mi madre volvía a recibir otro golpe, mi papá en estado de incredulidad no terminaba de secar sus lágrimas (raramente se le ven) por su hermano y ahora intentaba consolar a mi madre y mi tía, no lo consiguió.

Así es Víctor, como dice la canción de Morrison “hay un asesino en el camino” y te invitó a su viaje, los muertos no leen pero los vivos sí y cada que alguien pase sus ojos por estas letras sabrá que alguna vez existió en este mundo un hombre llamado Víctor Cabrera Sánchez que era mi tío.

Sigo sin poder dormir. Te extraño.

LOS OTROS VIRUS

Johanna Pérez Daza

Nos sentimos frágiles. Se remarcan fronteras y desigualdades. Tenemos miedo. Hacemos nuestras las palabras de Jorge Luis Borges y creemos, como todos los hombres, que nos tocaron malos tiempos en que vivir.

Población de riesgo, distancia social, nueva normalidad… Los eufemismos difuminan la realidad. La neolengua avanza. Los términos bélicos se instalan en discursos oficiales y conversaciones cotidianas: vencer, batalla, combatir, enemigo, derrotar, caídos, ataque. Constatamos que la analogía castrense desvirtúa el rigor científico.

Las voces se mezclan. Para Juan Villoro: “La única solución frente al coronavirus es estar al margen; ser nosotros también invisibles”. En la práctica, esto ya ocurre: los más vulnerables son invisibles para la sociedad, pero visibles para el virus. Para Daniel Inneraty: “Se acabó el mundo de las certezas”.  Pero… ¿cuándo las hubo? ¿Cuáles fueron? ¿Dónde estuvieron? Hay países curtidos de incertidumbre. “Sería una tragedia si la víctima más importante del virus fueran los sistemas democráticos”, sostiene Kevin Casas. La pandemia puede ser un arma política para que se impongan regímenes de vigilancia y cuarentena biolpolítica, sostiene Byung-Chul Han, quien afirma que “del miedo se alimentan los autócratas”.

El virus del autoritarismo también se esparce. Pero no es el único. El desempleo y la crisis global son las grandes amenazas. El hambre es más mortal que el coronavirus, según los hechos y latitudes. Las oportunidades no se reparten equitativamente y las condiciones preexistentes pueden definirlo todo.

La cuarentena se extiende. Es una palabra vaciada de sentido. Van más de cuarenta días. ¿Cuántos más? ¿Qué día es hoy? De repente, siempre es domingo. Todo parece más lento, pero a veces también muy rápido. Ya ha pasado un año y el reloj sigue girando.

VERSOS SOBRE LA COVID- 19

Josafat Norberto Cardoza

Primera parte

El coronavirus 

I

El virus denominado

como covid diecinueve,

a la muerte nos promueve

el muy cruel y desalmado.

El virus ha provocado

que nos quedemos inertes

ante los miles de muertes

que ha dejado su paso,

¡este virus es ocaso

de débiles y de fuertes!

II

Este virus señalado

como covid diecinueve

que por el mundo se mueve

sin poder ser controlado,

al mundo ha contagiado

de enfermedad y de muerte,

dejando ver que la suerte

se alejó por completo

de este planeta repleto

del virus mortal y fuerte.

III

Es la covid diecinueve

el virus más iracundo,

que, de este moderno mundo,

él muy poco se conmueve.

Por eso es que él promueve

la muerte del inocente,

la muerte de mucha gente,

es un virus devastador,

tétrico y aterrador,

que mata rápidamente.

IV

El mundo globalizado

en un periodo muy breve,

por la covid diecinueve,

se quedó él enclaustrado.

En un mundo confinado

tuvo él que convertirse

para evitar morirse

por el virus asesino.

¡Del mundo es su destino

en encierro ya regirse!

V

Creímos que el confinamiento

por la covid diecinueve

sería un suceso breve,

pero el agotamiento

de este acontecimiento

no se vio realizado. 

El mundo esta cansado

de sobrellevar la pena

de la larga cuarentena

que lo mantiene encerrado.

VI

Por la covid diecinueve

surge una inquietante

y dura interrogante

qué respuesta se le debe

al dilema que promueve:

¿economía o la vida?

un dilema sin salida

y contrario en sí mismo,

pues ya que el capitalismo

se hace causa perdida.

VII

¿Es el final del sistema

esta covid diecinueve?

¿o esta solo remueve

al total ecosistema

de capitalismo tema?

El capitalismo muta

y la covid toma ruta

de múltiples mutaciones.

¡De estas dos transformaciones

el mundo solo se enluta!

VIII

¿Es la covid diecinueve

inicio de nuestro final?

¿es este virus criminal

que de vida nos repruebe?

¿y para donde nos mueve

este virus contagioso?

De destino misterioso

es ya nuestra existencia,

pues el virus en esencia 

nos marca algo horroroso.

IX

Todo se nos hace viral,

pues son tiempos de contagio,

tiempos que son el naufragio

que nos traga en espiral.

¿Tendremos un antiviral 

que cure lo virulento

de este moderno momento?

Es urgente una cura

que sea la gran clausura

de lo viral tan violento.

X

Hoy la muerte se contagia

con una gran velocidad,

y nos muestra su cualidad

de cómo al virus plagia.

La muerte ya nos presagia

que es rápida, contagiosa,

se transmite silenciosa.

La muerte está hecha viral

y se trasmite en espiral

la letal e infecciosa.

 

Segunda parte

Versos sobre el confinamiento

El sentir colectivo

I

Nadie pudo despedirse,

el claustro solo llegó,

de momento nos pegó,

y no tardo en definirse

como el adiós sin decirse.

Nadie pudo abrazarse

antes de distanciarse

como forma de despedida.

¡Solo iniciamos la partida

sin un solo adiós dejarse.

II

Llegó el confinamiento

y la vida nos cambió,

el encierro absorbió

nuestro diario movimiento.

De este imprevisto evento

surgió como realidad

la escasa movilidad

que a nuestros cuerpos transforma.

¡Vivimos ya en la norma

del encierro como entidad!

III

Encerrados en nuestras casas

donde el tiempo se congela,

pero el día veloz vuela

como si fueran escasas

sus horas cortas y lasas.

Encerrados y atrapados

en nuestros hogares dados

al tedio y a la tristeza

donde el tiempo con pereza

nos deja abandonados.

IV

Nos hayamos encerrados

en nuestras habitaciones,

conteniendo emociones

y todos sus significados.

Nos hayamos confinados

en nuestros cuartos oscuros

de sentimentales muros

mirando por la ventana

la situación tan lejana

del fin de estos claustros duros.

V

En este encierro se vive

un ambiente muy hermético

y también tan melancólico

que no está en declive.

El encierro se percibe

como silencio singular

porque su forma circular

anula nuestros sentidos.

¡Estamos tan aburridos

de silencio acumular!

VI

Separados y alejados

del calor de otras personas,

nuestros cuerpos son ya zonas

de sentidos congelados.

¡Cuantos meses apartados!

de besos y de abrazos,

de caricias y de lazos

fuertemente emocionales.

¡Ya nuestros actos sociales

de afectos son escasos!

VII

¿Qué es lo que estamos pensando

estando tan encerados?

¿en qué estamos concentrados

mientras el día va pasando?

¿cómo estaremos usando

las fuerzas de nuestra mente?

Pensando seguramente

en el fin del confinamiento.

¡Ay de nuestro pensamiento

trabajando ilusamente!

VIII

¿Qué es lo que estamos sintiendo

en este confinamiento?

¿cuál es ese sentimiento

que estamos siempre viviendo?

¿cómo es que esta latiendo

nuestro humano corazón?

Este claustro deja una sazón

extraña e indefinible

¿Será esta apacible

usando a nuestra razón?

IX

Las plazas abandonadas

ya ni tienen movimiento,

ni siquiera el del viento,

por las plazas desoladas,

visita en oleadas.

Y desde nuestras ventanas

vemos a las plazas llanas:

vacías, tristes y desiertas.

¡Nuestras plazas están muertas

de solo sentirse planas!

X

Aquella vida nocturna

de mucho alcohol y música,

aquella vida tan única

se ha vuelto taciturna.

La noche ahora se turna

tan seca y tan dolorosa,

pues la cuarentena tediosa

ha hecho de la gran noche

melancolía en derroche

que se vive silenciosa.

XI

Confinados y pensando

si la muerte tendrá la gana

de venir el día de mañana

para que vaya sumando

nuestras almas a su mando.

Confinados y viviendo,

confinados y sintiendo

cada presente al máximo,

pues tal vez el día próximo

la muerte lo esté siguiendo.

XII

Este encierro llegará

a su ansiada conclusión,

tenemos mucha ilusión

de que esta terminará.

Esto finalizará,

hay que poseer paciencia

para que esta contingencia

no nos destruya el alma.

¡Calma! ¡hay que tener calma!

¡porque de paz hay urgencia!

 

Tercera parte

Versos sobre el confinamiento

Yo en mi casa 

I

He vivido el encierro

sintiendo una gran ansiedad

porque es mucha la soledad

de este terrible destierro.

Y mis ojos siempre cierro

para yo tranquilizarme

y así nunca desarmarme

en este encierro tan triste,

ya que mi mente mucho insiste

a la tristeza no entregarme.

II

En encierro melancólico

evito que se convierta

esta situación incierta

y de aspecto diabólico.

En un encierro melódico

he hecho del aislamiento,

pues canto con sentimiento

y bailo con emoción

en mi habitación

todo lo bueno que siento.

III

Yo escucho a oscuras

en mi gran habitación

una muy triste canción

con unas letras muy duras.

A veces sin ataduras

dejo salir delicadeza

de mi soberbia corteza.

Este encierro me convierte

en un hombre que se vierte

a veces a la tristeza.

IV

En mi oscura habitación

paso el confinamiento

entregado al pensamiento

de psíquica reflexión.

En freudiana introspección

al encierro yo he hecho

y mi cama es el lecho

donde los elementales

conflictos emocionales

son sacados de mi pecho.

V

En el encierro observo

la humana oscuridad

que da forma a mi identidad

y que en mi alma conservo.

Mi oscuridad no es acervo

del mal, sino de concretos,

extraños y raros objetos

que le dan forma a mi mente,

¡mi oscuridad es el ente

donde se ocultan mis secretos!

VI

Antes del confinamiento

yo paseaba por las noches

gozando las medianoches

sin arrepentimiento.

No existe suplemento

para las noches de fiesta

y de su lujuria expuesta.

¡Encierro ya termina

que mi alma libertina

de castidad no está compuesta!

VII

Extraño los besos prohibidos,

las caricias clandestinas,

las pasiones repentinas

y los deseos complacidos.

Extraño esos latidos

de esa pasión desbordada

de una nocturna jornada.

¡Encierro ya finaliza!

pues mi ardor no se tranquiliza

ni con baños de agua helada.

VIII

Estando siempre en mi casa

a veces me siento muy bien

otras, estoy triste al cien,

porque la emoción me rebasa.

A veces me amenaza

la incertidumbre y el miedo

y ante estos yo a veces cedo,

pero siempre trato de ver

la fortaleza en mi ser,

¡y lograrlo siempre puedo!

IX

Aquí estoy muerte, en mi casa

te estoy aquí esperando,

yo sé que me andas rondando

porque siento tu amenaza,

pero por mi mente no pasa

dejar que te lleves mi vida

pues soy de alma aguerrida

y buscaré sobrevivir.

¡Muerte, yo lograré vivir

y tú por mi serás vencida!

X

Yo ahora estoy en mi casa

escribiendo muchos poemas

que expresan los problemas

de lo que ahora pasa.

En mi poesía se repasa

todas esas emociones

que me crean las situaciones

de estar en confinamiento.

¡Con mis versos yo intento

plasmarme en oraciones!

HORROR DE ENCIERRO
La potencia del cuerpo, la impotencia de sí.

Layla Cora

De nuevo viene el semáforo rojo,

ya estoy esperando que regresen las calles vacías,

las quejas de los pequeños y grandes burgueses,

las idílicas noches de silencio.

Seguramente me volveré a sentir extasiado de tanto vacío

al grado de parecer un ser soberbio

cuyas sensaciones contrastan

con el grueso de la humanidad contemporánea,

tan necesitada del otro,

tan dependiente de lo social, el encuentro, el roce y el ruido.

Habrá que aclarar que no entiendo tal sesgo bonachón

como un deseo vacío,

sino en tanto búsqueda normal por un mundo mejor,

Haraway lo describe como el «florecimiento generativo renovado»,

por eso se autodenomina una compostista no post-humanista.

El otro día, hace 26 días para ser preciso, caí enfermo,

literalmente en la cama de un hospital,

así que el horror apareció.

Tuve dos visitas al quirófano,

una para la operación

y otra para lavar de nuevo

porque la herida no cerraba,

principalmente por mi estado anémico.

Estar tumbado en cualquier cama, sin conciliar el alivio del sueño,

pone a la mano pensar en la muerte.

Son fechas de muerte,

la cultura siempre se encarga de no permitirte olvidar

ni lo más displacentero.

Pensaba en eso que leí hace poco

acerca de la paradoja que implica «el más allá»,

un mundo esperanzador pero que irremediablemente causa temor,

no eres consciente del temor a la muerte todos los días,

pero sí cuando se está enfermo por infección en la sangre,

es decir, en enfermedades de adeveras’.

Así, es como he comprendido la diferencia entre temor-susto,

horror y angustia.

Temor-susto y horror

son sensaciones del cuerpo y no mías,

la angustia la dejo para otro halloween

porque esa sí que es en gran parte consciente

y puede que sea hasta aburrida de tan fea.

En estos 26 días, descubrí otra vez al cuerpo que ocupo,

esta vez siendo mi enemigo,

acechándome,

«duende que nos sube por dentro»,

enfermedad en tanto gesto (Didi-Huberman, 2020),

cuerpo harto de tanto desgaste ocasionado por mi indolencia.

 

Hasta el día de hoy no me cree que,

lo que hice aquél 6 de octubre,

internarlo y dejarlo en manos de la medicina,

fue lo mejor,

desconfía completamente de mí

y durante 11 días de recuperaciones entrecortadas

¡he experimentado el tenerle que rogar que vuelva!

Me enorgullece ser un sadomasoquista

que se divierte cotidianamente con sus órganos

al grado de no parar hasta haberlo presentado

al susto de sentirse abierto,

al horror del quirófano,

lo expuse a la mirada mórbida, al manejo frío,

calculador, impersonal y escatológico del médico.

Pero no voy a caer en la tentación narcisista

de decirles que yo me lo he provocado

o que fue mi mente*

-a menos que consideremos a la mente como lo más ajeno,

lo más muerto, lo decadente, el devenir de lo muerto en mi-.

*Eso negaría la muerte para el conocimiento,

negaría la vida, a menos que la vida,

como muchas veces ya lo hemos pensado

sea un estar muriendo,

devenir no sólo ignorancia sino sin sentido.

En este mes y el que viene se festeja la muerte,

y un festejo se supone sea una fiesta.

En la primera recuperación pensaba

que eché a perder mi encierro de la pandemia,

¡tan bien que estaba!,

me enfermaba de vez en cuando por la fiebre

pero se me quitaba con un leve antibiótico y paracetamol,

en general era genial no tener que salir ni para comprar comida.

Hasta ahí, no había comprendido la gravedad

que los incomodos apocalípticos de la pandemia denunciaban

agregando «la casa»

a los denominados aparatos de encierro de Foucault;

sin embargo, ahora quisiera agregar también al «cuerpo»,

no todo lo terrible es un edificio del Estado.

No tenemos salida,

entre los virus biológicos, los virus ideológicos que menciona Žižek

y nuestras bacterias constitutivas fuera de control por nuestros vicios,

se arma un cocktail de concurso.

No me gusta pensar en la «solidaridad y cooperación global»

aunque lo diga Žižek,

porque soy más pesimista que él.

Tal vez por eso enfermé más que cualquiera,

porque la creencia en un mundo de cristal, bondad y optimismo

-la cuál no vive en mi-,

de alguna forma debe drenar las infecciones.

Lo peor es que ni sintiéndome así de mal

puedo evitar

tener comentarios a contrapelo de la inercia y demanda positiva

de la nueva normalidad de esta era.

Estimados amigos,

a simple vista parece que en el 2020

los virus externos son protagonistas,

pero las bacterias endógenas son las más agresivas,

no por nada en México la gente se muere de todo

y al final por coronavirus.

La máquina del horror está desde hace mucho en la interioridad.

Porque la enfermedad se gesta en el cuerpo, por el cuerpo,

pero el cuerpo siempre te culpa de ello.

¿Qué clase de maleficio tergiverso santánico es el cuerpo?

¿qué clase de encierro es este?

No soy el primero que pregunta cómo se sentirá ser un muerto.

Menuda encrucijada imaginarse ser un muerto

porque el Ser es de los vivos (aunque sea para la muerte).

Pero en esta historia les habla -literalmente- un cadáver,

no sé si estoy vivo, porque no sé si finalmente

-después de la convalecencia-

voy a vivir,

mi cuerpo estuvo abierto

primero durante 4 horas de cirugía,

después por otras 68 horas y media

teniendo curaciones en una «herida» abierta de 30 cm,

con tan sólo unas gasas separando mis vísceras de el aire,

y aún así hablaba, soñaba -horrible-, y respiraba,

aunque he de contarles que respiraba a medias,

con palpitaciones aceleradas,

con desvanecimientos en donde dormir se sentía como morir

teniendo que regresar mediante el fastidioso espasmo del que se ahoga,

fue el respirar más temible.

¿Será que el cuerpo es El Mar?,

en el que estamos siempre nadando de a muertito,

mar abierto,

descansando

pero con la velada sensación de que si me muevo moriré

y que la playa está muy lejos.

«Terror viene del latín terror,

un nombre de efecto o resultado a partir del verbo terreo».

Entonces no refiere a lo terrenal sino al horror de pensar en perder la tierra.

«El verbo terreo en origen significa temblar,

el verbo tremo

y en adjetivos como trepidus (agitado, tembloroso, inquieto)».

Mi cuerpo horrorizado

-con los pelos de punta-

adrenalínico ante mi abandono,

y yo, aterrado, con la playa lejos.

 

Pensé en la película de The autopsy of Jane Doe

de André Øvredal (2016),

una bruja cuyo camino es

«derivar» su cuerpo al encuentro

con el irresoluble -e inútil- conflicto policiaco,

la indulgente mirada médica,

y como generador de atmósferas ominosas.

Debí aprovechar más la horripilante sensación vivo-muerto

de la anestecia local.

¡no me fijé, ahora que me abrieron,

si tenía inscripciones en el interior de mis pellejos!

Pensé en esa película

porque en la plancha, un cuerpo,

da igual si es un enfermo o cadáver,

los médicos lo revisan buscando sentido,

tanto que ya ni te devuelven tus trozos amputados,

y los envían a más «estudios»

donde los destazan y rebanan

para encontrar cánceres y demás.

Aunque te digan que la idea era descartarlos,

no les creo del todo porque te lo cuentan,

si tuvieran una sana intensión de calmarte

te hablarían de esa posibilidad pasados 30 días de la intervención,

de los riesgos de que rompan otro órgano sano por error,

que se les olvide una gasa,

de la gran dificultad de ese «tipo» de cirugía

o de que no despiertes por la anestesia,

no antes de entrar al quirófano

mucho menos al mismo tiempo en que,

para poder «disfrutar» de la cirugía que salvará tu vida,

te hacen firmar tu concesión de muerte.

Lo legal rompe tu relación cualitativa con el tiempo

y con tu médico,

aunque esta sea la más cordial, la más humana.

En la película de Øvredal,

la sangre, -de la que estoy por debajo de la media-

es el primer detonante de la incertidumbre

acerca de si ese cuerpo está vivo o muerto,

será porque en la plancha se está en el umbral,

no sólo de la muerte

sino de ¡la pérdida del conocimiento!

Tengo miedo de mi impotencia y la potencia supernatural de mi cuerpo.

Ahora entiendo porqué quieren salir

y olvidarse mediante ruidos

y charlas

y gastronomía

de sí.

Ojalá pudiera resignificar mi goce por el encierro,

pero un freak

no puede seguir el río con cause al mar

sin antes atravesar una estrepitosa cascada.

La verdad no me gusta del todo saber

que soy parte de la población

que requirió una intervención

que representa un dique

que no permite el río manso

que recorra suavemente las faldas de un volcán,

pero me encanta saber lo que voy aprendiendo

en mi calidad de salmón.

Me quedé pensando en dos cuestiones

aparecen en Matt Lee y Mark Fisher y su Deleuze y la brujería (2009):

«El devenir comienza como un deseo

de escapar a la limitación del cuerpo» (Brian Massumi)

¡Qué horrible se siente devenir!

Suena súper en los libros y la teoría,

pero en carne abierta es la muerte.

y, en ¡Mil Mesetas! (2010):

«[…] cabe todavía algo diferente, más secreto, más subterráneo:

¿el brujo y los devenires, que se expresan en los cuentos,

y ya no en los ritos o en los mitos?»

¿Qué es una bruja sino un cuerpo cabrón destinado a la tortura?

no es el personaje idealizado para los cuentos.

A Deleuze, lo agotó el no poder respirar bien un 4 de noviembre

¡Qué miedo!

¡Este año han muerto tantos!

«Sólo los muertos pueden hablar,

solo en la muerte se da significado a lo que se ha dicho»,

reflexiona un amigo.

«Son [los] organismo los que mueren, no la vida» dijo Deleuze.

¡Y yo, con tres órganos menos!

Estoy hecho un mar de incertidumbre.

EL DÍA DE LA MARMOTA, VERSIÓN 2020 CORTESÍA DEL CORONAVIRUS

Lulú González U.

Casi repentinamente fuimos forzados a detener nuestro ritmo de vida, aislarnos y encerrarnos. Aprender a vivir de otro modo, a cambiar nuestras prioridades a reconocer y lidiar frente a frente con emociones como el miedo, el enojo, la frustración etc. en un contexto de duda e incertidumbre que, sin duda ya presentes, pero no 100% reconocidos ya que “inteligentemente” eran ocultados por lo menos en la negación y la evasión de la rutina, el consumo de sustancias, la carga de trabajo, y las preocupaciones de aquellas prioridades, y así día tras día.

Esta pandemia nos está llevando a crear otra forma de vivir el día a día en el encierro, con el miedo al contagio y claro, a la muerte. Es evidente que los efectos de esta situación son diferentes para cada persona, aunque hay efectos comunes como el insomnio, la ansiedad, el enojo, la depresión e incluso síntomas psicosomáticos.

En este forzado alto de nuestra vida y toma de distancia con el otro, es oportuno reflexionar sobre la distancia que quizá mantuvimos con nosotros mismos, con nuestros sueños, con nuestras reales prioridades y necesidades, tomar perspectiva de nuestra vida, interna y externa. Del para qué de nuestras rutinas, para qué esas prioridades, tal vez una vida demasiado acomodada, o conflictiva, o despreocupada, tal vez llena de prisa, llena de sueños incumplidos o tal vez llena de frustraciones. Sin duda en primer lugar, la muerte de muchas personas es lo realmente trágico. En segundo lugar, sería que después de todo esto que experimentamos, darnos cuenta de que retomamos la vida que teníamos, una y otra vez repitiendo el mismo guion egoísta. A veces lo único que nos obliga a hacer los cambios necesarios en nuestra vida es tocar fondo. 

En la película el día de la marmota o hechizo en el tiempo, después de vivir varias veces el mismo día, tal como pareciera lo que estamos viviendo en esta cuarentena, el protagonista advierte que en él recae la responsabilidad de producir cada día esa diferencia de sí mismo. De esa manera termina produciendo un día “perfecto” donde puede encontrarse a gusto con él y sus semejantes. El protagonista es liberado cuando tan pronto como se rinde, acepta y coopera más con el momento presente, cuando se convierte en una fuerza beneficiosa para él y para los otros y para el momento presente.

CUARENTENA HORROR SHOW

María Camila Trujillo Vargas

Los días me agotan hasta llevarme a un absoluto silencio.
El mundo exterior se ha limitado a esa área de cemento
Que conecta el balcón con los árboles de afuera.
Agradezco todos los días a esos árboles y sus pájaros que los habitan.
Pues se muestran con la naturalidad que a nosotros nos está faltando.
Y siguen coexistiendo a pesar de lo que está pasando.

.

Incluso con el encierro, algo se vuelve capaz de librarme de las especulaciones de mi cabeza.
Me cuesta creer que un mundo se destruye afuera.
A pesar de que en frente solo encuentro belleza.
Rápidamente voy devorando los libros de la biblioteca.
Como si no pudiese dejarle un minuto de silencio a la soledad.
Mi mayor temor, en este instante, es terminar de leerlos de repente.
Porque estar sola, no es estar sola.
Es convivir con los demonios que habitan nuestra mente.

..

Despertar se siente pesado.
Los sueños aparecen atacando desde el subconsciente.
Se replican una y otra vez para purgarnos la mente.
Al abrir los ojos, caigo en cuenta de que es un sueño.
Un sueño colectivo del que a menos que cambiemos
No saldremos vivos.

Y como entrando en una pintura surrealista
Dimensiono que la realidad humana
se ha vuelto más loca
que las mismas
pesadillas.

JARDÍN DE INVIERNO

María De La Paz Gutiérrez

La pandemia y la cuarentena que detuvo el mundo llegó a nuestras vidas sin aviso, sin plazos ni recetas sobre cómo afrontarla. Trajo aparejado el encierro, la imposibilidad de salir y encontrarse, de reunirse con otros. La virtualidad se convirtió en aliada para acercarnos afectos, modos de aprender y de trabajar.

En el hogar la convivencia familiar significa compartir y querernos hasta el hartazgo.

El tiempo se detiene, corre, no sabemos si es hoy u ayer. Es un tiempo sin tiempo donde los pequeños momentos son los que importan. Se suceden los días, iguales pero distintos, llenos de horas creativas, ociosas, aburridas. Esas cosas que no hacíamos y que hacemos hoy, las cosas del sin tiempo. Cada día es un eterno domingo.

El mundo es el mundo interior, el sol es el que entra por las ventanas, las plantas son las del balcón. Afuera hay silencio, un silencio tal que nos permite escucharnos a nosotros mismos. Los límites entre el adentro y el afuera están borrosos. Todo es un adentro permanente.

La vida se abre paso y lo más simple se vuelve maravilloso, aprendemos a valorar las cosas cotidianas y sencillas que antes dábamos por sentadas y hoy nos parecen un lujo, como un abrazo, el festejo de un cumpleaños con amigos, una reunión con gente querida.

Fotografío a mis hijas e hijos en estos días de cuarentena. Me pregunto cómo recordarán  estos meses de confinamiento cuando sean adultos, qué les quedará de estos tiempos? El mundo tal y como lo habitamos hasta ahora ya no está más ahí.

UN DÍA (NINGUNO DE LOS DÍAS)

Mario Alberto Delgado Esquivel

Claudia salió del banco pensando en una sola pregunta. El hecho de haber cobrado una liquidación que se iría repartida en varias manos, excepto las suyas, daba lugar a una nueva serie de disculpas ofrecidas a su compañera de cuarto. La deuda de pequeños préstamos se extendía entre amistades que cada vez con mayor insistencia exigían una respuesta. No habían faltado las advertencias y precisamente por eso tenían licencia para cuestionarla. Aquellos que se habían apiadado tenían una suma pendiente y plazos incumplidos. La maldecían, con toda seguridad. O la compadecían, que era peor. La decisión de invertir en mercancía importada para revenderla no había sido tan mala como confiar a ciegas en su novio de los últimos dos años. Y la decepción amorosa que desencadenó tampoco era tan mala cuando se contrastaba con la responsabilidad económica de liquidar un crédito bancario. El trayecto de regreso a casa no ayudó a responder qué chingados hacer con un millón de cubrebocas chinos varados en una bodega.

Luego de ocho trabajos en los últimos cinco años, todos con salarios por debajo de lo justo, más el peso de los treinta y tantos, hicieron que el emprendimiento brillara con seducción. Invertir ahora y abrir una oficina después. No fue difícil dejarse convencer de sacar el crédito a su nombre, además, tú ya tienes muchos años con tu cuenta, amor, te dejarán pedir más que a mí. A Claudia terminó por parecerle justo pues él tenía los contactos con comerciantes y proveedores. Ella el potencial capital. La verdad es que no sonaba mal, la pandemia se aproximaba a México y con ella el desabasto. Es más, Claudia se proyectó como toda una empresaria, con clientes en cada lugar, casi podía ver el préstamo pagándose solo. Lo mejor sería dejar el diseño si lo suyo eran las ventas. Al día siguiente pidió el crédito.

Quizás si el envío no hubiera tardado dos meses en subir de China a Corea, cruzar el Pacífico, llegar a la Costa Oeste de Estados Unidos, bajar a Manzanillo y cruzar hasta la Ciudad de México, debido a la demanda que suscitó la misma idea brillante compartida por cientos como su exnovio, la situación de Claudia sería muy distinta. Seguramente seguiría con su pareja. Estarían visitando oficinas en renta y pensando de qué color pintar las paredes. ¿Es mejor un escritorio de aluminio o uno de madera? ¿Plantas? Seguro, por supuesto. Lo cierto es que él no hubiera cambiado sus cuentas en redes sociales, ni hubiera cambiado de número cuando sintió el peso de varios ceros y comas con intereses anuales. Pero no se puede decir que nadie se lo advirtió. En un pacto de confianza es donde se conoce a los verdaderos hijos de puta.

El despido de su puesto llegó como una corriente en la que ya nada importaba. Nada más. Con pena honesta, su roomie se negó a absorber toda la renta por tercera vez consecutiva. La habitación sería ocupada próximamente. Así, la vergüenza que en un inicio había representado contar la historia del fracaso se convirtió, con cierta gradación, en la jugada de apertura para  pedir sofá a cualquier conocido con quien hubiera establecido el más mínimo contacto. Las opciones se reducían, y toda solución apuntaba hacia sus padres. Pero prefería esperar a estar a punto de caer por completo antes que regresar a casa y aceptar que todo marchó tal como se lo dijeron.

Previo a lo que Claudia comenzó a llamar como “el evento”, el dinero alcanzaba el tiempo exacto hasta el nuevo depósito en su tarjeta. Fue así como empezó a ver su vida diluirse entre quincenas. Dejaron de existir los sueños ambiciosos y los proyectos personales, es decir, seguían por ahí, en alguna parte, pero cubiertos cada vez más por un halo de fantasía. No podía dejar de verse como una empleada menospreciada. El golpe de suerte que había previsto su exnovio no tardó en ilusionarla tanto como a él. Pero esa fortuna no era para ellos. Un día, sentada en el camión rumbo a casa de sus padres, atestiguó el desfile incesante de oficinistas por las calles. Le fue inevitable revivir esa imagen de sí misma con un doloroso deseo.

ESTADO LATENTE

Milena Amaya

La muerte es eso que le pasa al vecino, al señor de la esquina,  a las cientos de cifras que se van acumulando en la televisión mientras uno almuerza en medio de una tarde lluviosa, mientras uno mira la pantalla en un país signado por la guerra, la violencia y la indiferencia.  La muerte es eso que se menciona en medio de las bromas, es eso que transcurre entre la caminata al supermercado,  el alcohol en gel y el tapabocas. La muerte es ese ruido ensordecedor que se acalla mientras hacemos ejercicios frente a la pantalla,  mientras simulamos a través de nuestros celulares que ahí está la vida, es el rumor de calles desiertas en medio de la cuarentena, es eso que va corriendo entre autorretratos que pretenden simular la vida. La muerte, al parecer, es el dolor de otros, las quejas de otros, el sufrimiento de otros, las historias de otros, es eso con lo que danzamos a la distancia en medio de los días, es el pésame que se ofrece cada semana a quienes nos rodean. Podríamos pensar que no hablamos de la muerte, sino de la vida, podríamos afirmar que lo que transcurre entre cada instante es la vivencia, la experiencia, pero en realidad,  lo que se escapa en medio de las horas es la conciencia de la finitud, es dejar para más adelante el reconocimiento de que somos iguales.

Podría afirmar sin temor a equivocarme, en este breve tiempo y espacio, que no existe absolutamente nada que ponga en perspectiva la vida, como su contrario, que no existe algo que abra más cuestionamientos, más preguntas, más emociones que ese intersticio en el que reconoces el vacío y la ausencia. Es un estado latente de aprendizajes, de múltiples rostros y sentires que se van agolpando uno detrás de otro, la duda, el rencor, la negación, todos ellos viviendo al mismo tiempo en un cuerpo que parece despojado de la razón, un cuerpo que se olvida que es el protagonista de la historia mientras intenta resolver los gestos simples de la noticia, del fallecimiento en medio de la pandemia. Un cuerpo que se pregunta no solo por la ausencia de ese otro, sino por su propia presencia en medio de eso que irresponsablemente llamamos vivir. Durante meses, como broma recurrente, pensé que si lograba llegar al final de este año, estaba salvada, pero no contaba con que uno no puede salvarse de lo imprevisible… me parece imposible, desde mi lugar del mundo que este año a todos y cada uno independientemente de las circunstancias, el tiempo no nos haya enseñado algo, nos nos haya permitido apreciar cosas simples, no nos haya enseñado a ser más solidarios, más empáticos y transparentes. Sin embargo, reconozco el país en el que vivo, un país en el que los nadie, valen menos que la bala que los mata, un país en el que seguramente existirán muchos que lo único que podrán llevarse de la pandemia es ponerse correctamente el tapabocas.

COVID-19: DE LA VOLUPTUOSIDAD TRAS LAS VENTANAS

Nelson González Leal

Nunca como en 2020 se le dio tanta importancia a las ventanas y esto gracias a un virus. Ahora, hay que considerar que toda ventana es un portal, un espacio de conexión con la posibilidad de husmear y ser husmeado. No existe morbo más excitante que el generado por el fisgoneo. Toda ventana es por naturaleza indiscreta, aunque la cubramos con las más gruesas (y oscuras) cortinas del alma. En ese sentido y de acuerdo a nuestras posturas morales (o a cuánto estemos adaptados a las restricciones sociales) la ventana será más o menos imprudente e impúdica, le otorgaremos la posibilidad de revelar más o menos los frágiles espacios de nuestra realidad interior y de mostrarnos hacia afuera como en realidad somos. Las ventanas no se hicieron para ocultar, sino para mostrar. Hoy, con la crisis de la pandemia por el SARS-CoV-2, las ventanas han cobrado otra dimensión y sentido diferente. Se han engrandecido, se han ensanchado, pero al mismo tiempo se han agenciado formas de veladuras sutiles que ofrecen posibilidades distintas de interpretación. Revelan aún más la flaqueza de todo lo que con angustia intentamos resguardar de la inconveniencia y la perturbación. Su tendencia es la de funcionar como un portal de contacto visual con el espacio que hemos abandonado — aún más — a causa del miedo. Gran temor al enemigo invisible, inútil temor, en realidad porque la ventana no sirve como escudo, no está allí frente a nosotros para eso, sino para que observemos el devenir que nos hemos sustraído y para que otros disfruten el morbo de nuestra incredulidad y presunción. En resumen, siempre ha sido y será indiscreta la ventana. Pretenciosa, fútil, profunda, inexorable, desafiante, voluptuosa y hambrienta, saciada solo en su voracidad de impasible testigo visual de nuestro cisma interior.

Así desde éstas llegan la luz, la sombra y el miedo, pero también la oportunidad de observar a resguardo el nuevo tránsito del mundo (vacío). Imperturbable y ajeno a nuestra nueva relación con las ventanas, el virus nos ha tapado la boca y ahora quizás solo podamos abrirla tras una ventana. Ésta parece aislarnos de la muerte que acecha cobijada en su invisibilidad (pero también en la ambición y la estupidez de los políticos). Vemos cómo se llenan de cuerpos los cementerios y también de luz. Y aquellos que sudan y gimen quedarán aún más a la sombra, a menos que asuman el desafío de hacerse otros tras las ventanas. Callados, en silencio andamos, con gestos de ojos y manos transmitimos nuestros deseos y el temor continúa más allá de nosotros (que portamos la cruz con la boca tapada).

El espacio externo parece estar lleno de intrigas y riesgos. Los vuelos han sido cancelados. Bill Gates — ahora metido a gurú futurista por la avidez e imbecilidad de los medios — vaticina un futuro con 50% menos de vuelos de negocios – y además predice cuándo será la próxima pandemia. Bill Gates tiene un avión privado. La naturaleza, víctima de la rapiña humana, desacelera también su ascenso, se suspende a la altura del asombro, de la indefensión y el miedo, aunque no claudica. Los cuerpos también descienden en procura de amparo. Nuestros cuerpos, vulnerables y ávidos, adelgazados pero aún voluptuosos, distantes, necesitados, atacados por el frío, a ratos alegres, dispuestos a escapar de la tristeza – siempre habrá pan y circo, bufones y charlatanes, y aves de presa que no dejen de volar.

La realidad a la que nos ha enfrentado el virus resulta de una voluptuosidad aplastante. Esto podrá parecer una perversión, pero que duda cabe de que la defensa contra el virus, la cuarentena, nos ha impulsado al reencuentro con nuestras necesidades básicas y que incluso ha tornado a la naturaleza mucho más presente, en tanto nos ha demostrado cuánta capacidad tiene en la determinación final del destino del mundo. Es precisamente nuestra rapiña lo que ha vulnerado su estabilidad. Lo sensorial se potencia frente a crisis como esta y como salvación nos aferramos a la potencia de nuestro imaginario personal e íntimo. Hay también una especie de deleite psíquico, un morbo concupiscente que nos atrapa frente a la probabilidad del cambio constante e inesperado, aunque nos empeñemos en negarlo. Voluptuosa es también la posibilidad del delirio absoluto ante el término inminente y quizás por ello nuestra realidad se reduce a observarnos a través de una lámina transparente, porque de lo contrario tal voluptuosidad nos consumiría mucho más que cualquiera infección.

Resguardados tras las ventanas nos preguntamos, en silencio: ¿Estamos frente a un futuro apocalíptico? Pero la realidad es que siempre ha sido un presente. Un apocalipsis psíquico, con el que se juega constantemente a través de la literatura, el cine, el arte, la imaginación. La imaginación que siempre se quedará corta ante lo real, lo concreto. Solo que la imaginación lo interpreta y lo reinventa con matices mucho más ligeros, nobles, heroicos, para tratar de digerir mejor lo que somos, lo que representamos en este mundo. En el año 2020 la realidad nos abofeteó en un intento de sacarnos de nuestra gran imbecilidad. Ocultamientos, ausencia de sueño, ventanas indiscretas, soledad, miedo, desconfianza, aislamiento, virus, enfermedad, necesidad del otro, hambre, hambre de sexo, hambre de amor, hambre de respeto, hambre, voluptuosidad del temor y del riesgo, cuarentena.

El apocalipsys es ahora. En la actualidad la pandemia por el COVID-19 angustia y compromete nuestro futuro. La imaginación que siempre se quedará corta ante lo real puede jugarnos también malas pasadas y abofetearnos igual. Sufrimos el ataque de un virus de baja letalidad, pero de amplia capacidad de propagación. Eso nos hace sentir vulnerables. El virus puede estar en cualquier lugar, portado y trasmitido por cualquiera. La confianza se ha mellado y eso también forma parte de nuestra gran imbecilidad. Recurrimos entonces al encierro y a la desconfianza. Las láminas que nos aislan y a través de las cuales observamos — y continuamos juzgando — el mundo son ahora nuestra tabla de salvación y tal vez nuestro nuevo cartón de identidad. Hemos olvidado incluso que siempre han sido un portal que nos desnuda y nos abre el paso hacia el tenue reflejo de lo que siempre nos hemos negado a ver.

EL HILO ROJO

Raquel Acosta

A principios de Marzo inició la pandemia en  Argentina, y aunque estaba presente en otras partes del mundo muy poco sabíamos de su existencia,  no nos imaginábamos ni pensar que el 2020 se encontraba con cambios sociales, económicos, culturales;  una enfermedad infecciosa causada por un virus recientemente descubierto; se hablaba de que todas las provincias iban a cerrarse, nadie se podía mover de sus lugares, Lean tenía pensado viajar a Formosa, pero no fue así, quedó en Buenos Aires con los pasajes en mano, debían pedir permiso para ingresar a la provincia.

Y así fue, argentinos varados sin poder ingresar, yo con un miedo, tuve perdidas por el estrés, había perdido el embarazo a los dos meses, Lean, se perdió todo y no solo eso había un gran enojo con él, con el mundo con todos, que iba a saber el de perdida si era yo la que cargaba física y emocionalmente todo. O tal vez solo los que pasaron por una perdida me puedan entender, pero siento que no, que no todos están despiertos, algunas personas siguen “dormidas”, sin emoción, sin empatía, viviendo su día a día, y no los culpo, viven su vida como quieren o como pueden.

Me enojé con el mundo, conmigo misma, me encerré, me deprimí, no tenía sentido vivir así.

No, no tenés idea le grite por teléfono, no tenés ni puta idea de que se siente perder, vos y todo ese sistema de mierda al cual perteneces; ¿sabes porque te lo digo? se me quebraba la voz…todo esto pasó porque tu trabajo resulto ser más importante que cualquier otra cosa, tu trabajo de mierda ese que tanto empeño le pones, te olvidaste de todo hasta de tu hijo que venía en camino. Gracias.

Es que Leandro, en vez de quedarse en Formosa apostó a su sueño a ir a vivir en  la “gran ciudad”;  Buenos Aires tenía su riqueza, y claro estaba, ahí estaba su vocación.

“Formosa: un juez declaró inconstitucional el cierre de la frontera y los varados podrán entrar. Muchos de ellos esperan hace meses en la ruta que les permitan pasar”. Abría el diario Clarín y me encuentro con ese titular. Era diciembre cuando por fin habían dado la orden de habilitar las fronteras para que ingresen las personas, sabía que Lean había tramitado el permiso on line era seguro que iba a venir.

A los días recibo un mensaje diciendo “estoy alojado en el Hotel Costanera”, estaré acá de cuarentena unos 15 días, salgo y te veo, ¿te parece?

Hay una leyenda Japonesa conocida como “el hilo rojo“ en el habla que las relaciones  humanas estarían predestinadas por un hilo rojo que los dioses atan al dedo meñique de aquellos que tienen como objeto encontrarse en la vida. La leyenda es firme: si el destino tiene preparado que te encuentres con una persona en concreto, así será; afirma que aquellos que estén unidos por el hilo rojo están destinados a convertirse en almas gemelas, y vivirán una historia importante, y no importa cuánto tiempo pase o las circunstancias que se encuentren en la vida. El hilo rojo puede enredarse, estirarse, tensarse o desgastarse… pero nunca romperse. Y acá estamos una vez más apostando al amor. El covid se llevó personas que conocíamos, nos hizo perder a la personita que iba a formar parte de nuestra familia, nos había hecho perder todo, hasta la esperanza, pero nos dio la oportunidad de volver a empezar. Estamos aca despiertos, no nos dormimos.

UN SUEÑO QUE NO PODÍA DURAR PARA SIEMPRE

Tania Martínez Suárez

La pandemia generada por el COVID-19 es una circunstancia que nos atraviesa a todos en el mundo, el cuento cientos de veces enunciado en la ciencia ficción se convierte en la realidad que debemos afrontar cada día. Las llamadas medidas sanitarias para evitar los contagios resultan fáciles de subestimar: lávate las manos, mantén por lo menos un metro y medio de distancia entre las personas y tú, utiliza una careta de plástico, ponte gel antibacterial, usa el cubrebocas; todo esto en un país emprobrecido como el nuestro donde hasta los insumos básicos como  el agua potable es inaccesible para millones, o donde el transporte público que da movilidad a la clase trabajadora aglutina dentro de sí a los viajantes. Parece no ser mucho lo que se pide, y para muchas personas resulta inalcanzable.

Nunca voy a terminar de acostumbrarme al uso del cubrebocas, ahora todo lo que veo al salir a la calle son miradas furtivas, es como si todos nos hubiéramos convertido de pronto  en un mal augurio para los demás y en el afán de pasar desapercibidos para el virus apocalíptico al que nos enfrentamos procuramos no vernos en realidad, una protección para no infectarnos. Extraño ver las caras completas de mis interlocutores improvisados, conocer más de ellos a través de sus labios o su dentadura, ubicar en su rostro las galaxias infinitas que los lunares trazan, verlos enrojecer ante un cumplido sincero o admirar en todo su esplendor su gesticulación al formular sus diálogos.

Extraño dibujar paisajes imaginarios en los relieves de sus pómulos o encontrar en las comisuras de los labios ríos de palabras y risas que inundaban las conversaciones. Extraño que con una sonrisa me reciba el policía del edificio donde trabajo, o el recuerdo de mi hermano adolescente personificado en los chicos de la preparatoria que suben al transporte con apenas cinco pelillos en el mentón y se asumen ya como hombres cabales.

Extraño la simpleza de la normalidad que sepultó el COVID-19, la ligereza que implicaba una caminata al aire libre, extraño que mi única preocupación al salir fuera llegar a tiempo y no forzarme en recordar cuantas veces me había lavado las manos durante el día y más aún por cuando tiempo las había tallado y si lo había hecho de la forma adecuada.

Extraño la oportunidad de habitar el espacio público: las calles, los parques, las aceras… que se convertían en catafalcos inauditos de pregoneros y vendedores, ese bullicio citadino que acompaña una mañana ajetreada donde no se distinguen las conversaciones pero el solo rumor es un canto que embellece esta puesta en escena. Extraño las pruebas que en los mercados se regalaban de absolutamente cualquier alimento, y la confianza con la que sin conocer a quien  extendía ese obsequio se degustaba. La prueba es el abreboca del antojo ante el cual yo sucumbía invariablemente; lo mismo a guayabas frescas, chicharrón o queso panela.

Extraño, extraño mucho las reuniones con mis amigos y familia; ni hablar de las comilonas en el rancho de mi tío Toño, donde hasta 5 generaciones distintas estábamos destinadas a convivir,  entre los juegos de los niños y el mariachi que cantaba una canción tras otra hasta perder la cuenta, y el tequila que circulaba  por la mesa sin ningún remordimiento, las risas y las historias hechas mantra a fuerza de tanto repetirlas. Estábamos viviendo un sueño que no podía durar para siempre. Extraño a mis amigos y sus ideas siempre poderosas, no es lo mismo escucharlos por teléfono o verlos en una pequeña pantalla, nada reemplaza tenerlos enfrente y poder decirnos una nueva verdad mirándonos frente a frente.

Nuestro entorno ahora se reduce a permanecer en la casa el mayor tiempo posible,  somos ermitaños que hurgan en la alacena esperando encontrar un poco de paz. La cocina, la sala, la recámara… habitamos estos lugares que nunca nos pertenecieron en realidad; ahora solo hay espacio para uno mismo entre el techo y el piso, entre las paredes y ventanas. Las horas transcurren sin apenas notarlo o se deslizan con dificultad por debajo de la puerta, es un proeza mantener la concentración,  procurar la  cordura en un caudal  de días  lánguidos sin final preciso.

Lo que más extraño es vivir sin miedo, este miedo que en ocasiones me parece hasta irracional, ¿Cómo podríamos dañar a quien amamos con un abrazo o con un apretón de manos? Esta forma de convivencia a la que estamos sujetos ahora donde da miedo la interacción incluso con los más cercanos es lo causa estragos en realidad. Porque mientras los deudos en el mundo somos miles, no hay espacio para reconfigurarse en el ritual mortuorio de nuestra cultura. La pausa inicial ante esta catástrofe se termina en el momento mismo en que la necesidad de sobrevivir apremia. Hay quien no puede quedarse en casa, quien no tiene un lugar seguro para resguardarse.

FRONTERISMOS

Thamara Citlalli Puente Guzmán

Estamos en el borde, sobreviviendo entre un país y otro. Sabemos algo sobre la realidad espacial del planeta, pero la realidad ideológica del ser humano es distinta. Entre la especie que lo domina y la biosfera que lo cubre las reglas se quebrantan.

Nuevas leyes surgen mientras que los estímulos visuales que las suceden, se registran en la abstracción del pensamiento. La frontera excede los límites, desborda el río y abre surcos en tierra.

Algunos valientes encapsulan con este extraño aparato que subsiste entre los tiempos gracias al poder que le da la luz. A veces captan caos, a veces utopía. Pero siempre nos obligan a contemplar.

En esta ciudad hace tiempo que la gente no sonríe por que las armas sin dueño terminaron con otras vidas. Las mascarillas no tienen tanto que ocultar. Coartada estaba ya la libertad de enfocar un punto sin planearlo y obturar.

En otros tiempos la mutación era de arquetipos. El término que nos define y da sentido a la decisión que tomamos al quedarnos en esta zona territorial, parecía navegar hasta formarse como sufijo de disposición o actitud.

Queríamos asegurar la consistencia de nuestro futuro; luego nos alcanzó la realidad. Tomábamos precauciones: la distancia vital y todo eso; a pesar de que los intereses en juego formaron líneas arbitrarias.

De la geografía a la psiquiatría nuestra permanencia implica un abismo de posibilidades. El sol refleja su brillo ahora en las aguas de Wuhan, mientras que el ocaso ensombrece las orillas del Río Bravo.

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Vicente Gaibor del Pino

El silencio es un privilegio que se hizo más evidente desde primeros días del confinamiento, busqué entonces proteger un minuto de él, como homenaje a nuestros muertos extraviados por el sistema de salud, los que llenaron las calles y el internet, los que aún no sabemos dónde están enterrados. Las paredes se van tornando azul y los murciélagos cambian por pájaros el cielo.

Deduje entonces que sublimamos las ausencias, que las voces apagadas las absorbe y libera la tierra, por eso las casas crujen en la noche, como error aleatorio de pixeles rotos en una ciudad que no consigue dimensionar la magnitud real de su pérdida, que superaría por 10 la cifra oficial de desaparecidos. El silencio es el oxígeno en el que arde la música y el ruido su cadáver.

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